De un tiempo a esta parte, no paro de leer artículos que, con mayor o menor acierto, nos hacen reflexionar sobre superpoderes: las cualidades y habilidades que deben tener los directivos de hoy en día; acompañado, como no, de frases célebres y píldoras con las que se nos bombardea a diario en las redes sociales.

Sin ánimo de ser exhaustivo y de forma resumida, para ejercer de directivos y directivas, “solo” tenemos que ser muy buenos en nuestra área, pero hábiles en otras:
– Tener visión estratégica a la vez que abordamos el día a día.
– Saber motivar y comprender emociones.
– Saber mandar y, a la vez, saber delegar.
– Ser empáticos y, a ser posible, simpáticos.
– Tener marca personal propia, a la vez que ser corporativos.
Elegir a los mejores colaboradores a la vez que cumples ciertas cuotas por origen, sexo o raza.
– Ser ecuánimes, ser justos y saber arbitrar.
– Saber trabajar con equipos multigeneracionales.
– Saber usar el poder y la autoridad.
– Conseguir ser líderes además de jefes.
– Usar lenguaje inclusivo.
– Tener imaginación y ser creativos.
– Tener altos valores y generar confianza.
– Ser disciplinados y metódicos: tener hábitos de vida saludables, donde destaquen la alimentación sana y el deporte, al tiempo que trabajas 10-12 horas al día.
– Saber entregarse al máximo a la empresa y hacer lo propio, igualmente, con la familia.
Saber qué es la Transformación Digital de la que todo el mundo habla y el impacto en su vida y en su compañía.
– Comunicar, tanto interna como externamente.
Trabajar en equipo y en entornos colaborativos.
– Tener la capacidad de hablar uno o dos idiomas más, además del inglés, claro está; y, lo más importante…

Hacer todo esto al mismo tiempo, con una sonrisa y sin despeinarnos.

Me pregunto si no nos estaremos pasando. ¿No es desproporcionado lo que se les pide a los directivos?

Vemos, por ejemplo, que para ocupar puestos de responsabilidad política, no penaliza el no tener experiencia profesional alguna, el no ser íntegros, el no tener valores, el engañar con descaro, el no saber idiomas y un largo etcétera. Y si hunden las arcas públicas que gestionan, no pasa nada, más déficit o más impuestos y a otra cosa. En cambio, si eres directivo, prueba a retrasarte un día en un pago a la Agencia Tributaria.

Si extrapolamos a la sociedad en general, solo hay que analizar los programas de televisión con mayor audiencia para presuponer que los televidentes no van buscando un entretenimiento en el que se manifieste ni una pequeña parte de lo que la sociedad exige a los directivos. Y, todo esto, sin entrar en que, por el mero hecho de ser empresario o directivo, ya eres sospechoso de ser un explotador capitalista.

Creo que hay que poner pie en pared y no dejarnos arrastrar por esta ola, que solo puede llevarnos al desasosiego y a la insatisfacción continua. No obstante, sí debemos ser conscientes de que tenemos que trabajar de forma continua en mejorar nuestra profesionalidad y saber hacer como directivos y directivas. Para ello, recomiendo concentrar nuestros esfuerzos en trabajar en tres puntos: Formación, Ayuda y Sorpresa.

Formación:

Entendida como formación continua: Me encuentro con muchos directivos que estudiaron en su día la carrera y posteriormente un máster que no han vuelto a pasar por un aula en su vida. Hace poco estuve dando una charla a unos ochenta directivos del sector de la construcción y les pregunté que si consideraban importante la Transformación Digital. Todos levantaron la mano. Acto seguido, les pregunté cuántos habían asistido a alguna formación sobre Transformación Digital. Ninguno volvió a levantarla.

Vivimos en un entorno global, que cambia muy deprisa. Tenemos que dedicar una parte de nuestro tiempo anual a la formación, tanto en conocimientos como en habilidades, o nos iremos quedando cada día que pase más atrasados.

Y algo muy importante: cada uno se tiene que diseñar su propio plan de formación. Es un error delegar esa responsabilidad en lo que diga tu empresa o en lo que esta “subvencione”. Por suerte, en España tenemos muy buenas escuelas de negocio y la tecnología permite que no todos los programas sean necesariamente presenciales. Además, también está la posibilidad de acudir a una formación in-company que se adapte a tu compañía de manera personalizada, a los perfiles a los que ha de dirigirse.

Todos deberíamos tener más o menos claro en todo momento en qué nos vamos a formar en los próximos 12-18 meses. Hazte un plan, escríbelo y ponte a buscar formadores, escuelas y programas que se adapten a lo que necesitas.

Ayuda:

Entendida como la vocación de ayudar continuamente a los demás. Cuando tenemos actitud de ayuda sincera cambia de forma drástica la forma en qué nos relacionamos. Para empezar, querer ayudar implica escuchar primero, y esa actitud de escucha y de interesarse de sinceramente por lo que “le duele” a la persona que tenemos delante cambia la química de la relación interpersonal.

Parece que esto es más frecuente hacerlo con los clientes, que en tal caso nos cuesta menos ponernos en su lugar, reflexionar e indagar sobre su user experience. Desgraciadamente, no estamos tan habituados a hacerlo con empleados, compañeros, accionistas, proveedores y colaboradores.

No hay que confundir esta ayuda con ceder a todos los deseos de los demás. Pero será mucho más fácil llegar a acuerdos si tratamos de entender a la persona a la que nos dirigimos. En estos casos, los acuerdos win-win tienden a ser bastantes normales.

No hay que desanimarse por no conseguir a veces los efectos deseados, se trata de tener una actitud continua de ayuda que, a medio y largo plazo, siempre da sus frutos. Te animo a probar la fuerza que tiene la actitud de ayuda en tu entorno laboral más cercano, con tus empleados, compañeros, jefes y colaboradores. Por supuesto, es extensible a otros ámbitos de tu vida personal.

Finalmente, sorpresa:

Entendida como la habilidad de sorprender a los demás. Y no me refiero a venir disfrazado cada día a la oficina o a sembrar de regalos tu entorno, sino a sorprender dando más de lo que se espera de ti. Si se espera 5, da 6. Si se espera 6, da 7. Y así sucesivamente.

Esto nos hace estar en un estado de mejora continua con nosotros mismos y ser exigentes con nuestro trabajo y nuestras relaciones. Además, de esta forma aportaremos más valor a todo lo que hacemos, ya que estaremos en búsqueda continua de la excelencia profesional.

No hay que confundir esto con la práctica de algunos directivos que consiste en estar asiduamente “sorprendiendo” a sus empleados y compañeros cambiando de criterio a cada instante, modificando las planificaciones y agendas, y variando los objetivos y metas de forma aleatoria. Esto más que sorprender es gestionar mal, de forma errática.

Debemos reflexionar sobre cómo podemos ser excelentes profesionales y aportar más valor a lo que hacemos. Cuando damos formación a equipos de ventas, es llamativo al inicio ver lo centrados que están en vender productos y servicios y lo poco que están en aportar valor a sus clientes.

Un recordatorio final, que enfatiza y retroalimenta a los puntos anteriores: dirigimos con el ejemplo. Por lo que todo directivo y directiva tiene una gran responsabilidad, por el impacto que tiene en su alrededor, en cómo se forma, cómo ayuda y cómo sorprende.