Estamos habituados a un ritmo de vida que, visto desde fuera, es frenético, vertiginoso.

Por lo general, no somos conscientes de esa velocidad endiablada. Es lo habitual, lo que tiene que ser; estamos sencillamente acostumbrados. Solo cuando el cuerpo nos da un serio aviso nos damos cuenta —y muchas veces, ni aun así— de que tenemos que parar. Pero antes hemos tenido muchos, muchos avisos más pequeños, leves señales de que algo no está bien. Si no hacemos caso, si no paramos y miramos para ver qué pasa, tendremos, antes o después, un aviso definitivo que no podremos ignorar.

Es exactamente igual en el mundo empresarial. Infinitas horas de trabajo, oficina, preocupaciones, reuniones… y sí, así tiene que ser. Llevar adelante un proyecto requiere esfuerzo y dedicación, grandes dosis de trabajo y pensamiento, pero, metidos en la vorágine, no nos damos cuenta de qué está pasando realmente con nuestras vidas. Peor aún: si hay dos cosas de las que solemos enorgullecernos al tiempo que nos quejamos es de trabajar mucho y dormir poco.

El hecho de que una empresa tenga ineficiencias no solo incide negativamente en la cuenta de resultados; también impacta en la actitud de quienes forman parte de ella; el no sentirse parte de un equipo ganador, no ver resultados a su esfuerzo y comprobar que siempre es igual, que no se cambia nada, a pesar de la evidencia de que algo no va bien, incide de forma rotunda y absoluta en los resultados. Negativamente siempre. Este bucle vicioso requiere, para ser quebrado, pararse a pensar. El emprendedor y el directivo han de pensar en cómo están gestionando; el empleado, en cómo gestiona su parcela, y en si tal vez es el momento de levantar la mano y pedir auxilio.

Otra de las víctimas inmediatas del estrés es la creatividad, y con ella, la innovación. Las personas que corren no crean; las empresas que van a la carrera, no innovan. Quien no hace sino apagar fuegos tal vez tenga un presente, pero sin duda no tendrá un futuro. ¿Y qué sentido tiene desvivirse para el hoy si no va a haber un mañana? Avanzan y perduran las personas y las organizaciones capaces de respirar hondo y alzar la vista.

Si somos capaces de parar, de abstraernos de la cotidianeidad, del apagar fuegos todo el día y todos los días, veremos con la suficiente antelación qué pasa, dónde estamos, adónde vamos. Tendremos capacidad y tiempo para reaccionar, para tomar decisiones meditadas y claras sobre qué hacer y adónde ir. Es en este punto donde los directivos, las personas que rigen los destinos y actividades de la empresa, tienen que ser un ejemplo y asumir su función de capitanes de ese barco. A ellos les corresponde tomar este tiempo de consultar las cartas de navegación y comprobar una y otra vez la meteorología antes de seguir adelante en un mar donde, lo saben, puede haber impredecibles y muy grandes icebergs.

En esta labor no están solos; su equipo, si han logrado construir uno de verdad, será una luz que ilumine el camino, pero también están en el barco y, muchas veces, su visión está enturbiada por el hábito y la costumbre. Aquí entran en juego otras personas que no pertenecen a la organización y que con su objetividad y profesionalidad pueden ayudarles a determinar un rumbo más adecuado. Pero, en ambos casos, hace falta algo que es realmente difícil de hacer: confiar. Todos lo sabemos también: confiar es algo que cuesta mucho, nos han defraudado muchas veces. Pero la confianza se construye y se gana. Demos el primer paso, seamos valientes y humildes, dejemos el orgullo atrás y comprobaremos que, si nos dejamos, no estamos solos y otros están en el camino con y junto a nosotros y vienen en nuestra ayuda.