En El origen del hombre y la selección sexual (1871), Charles Darwin escribe:

La principal distinción en las facultades intelectuales de los dos sexos queda evidenciada por la eminencia que alcanza el hombre en todo cuanto emprende, que es superior a la de la mujer, tanto si la empresa requiere un pensamiento profundo como si se trata de razón, imaginación o simplemente el uso de los sentidos y las manos.


Los prejuicios, bien se ve, son susceptibles de nublar la vista hasta de los más grandes. La persistencia de aquellos es tan notable que solo una continua brega en su contra, una educación constante y un marco legal que los desarme, pueden llegar a arrinconar su influjo. A día de hoy y en nuestro país, es mucho lo que se ha logrado en cuanto a la justa consideración de las capacidades directivas de las mujeres. Pero las cifras, llamativas todavía, todavía desagradables, nos dicen que algo sigue oliendo a podrido en cuanto hace al acceso de ellas a los puestos de mayor responsabilidad en empresas, organismos de gobierno y otras instituciones.

Tras participar en muchos debates y estudiar la cuestión y vivirla alrededor mío, he llegado a la conclusión de que todo el asunto del «techo de cristal» que estorba el acceso de las mujeres a puestos de alta dirección, parte de una anfibología, esto es, de un error del discurso, de una falacia. Empleamos la palabra «igualdad» en dos sentidos muy diferentes, que al mezclarse, nos confunden. ¿Son las mujeres y los hombres iguales? Por supuesto que sí y por supuesto que no.

Por supuesto que sí lo son en derechos y oportunidades, o por lo menos así lo creemos en esta esquina civilizada del mundo. Todo código moral existente que lo niegue es una forma de barbarie, de la que hay versiones más glamurosas y más salvajes. A tenor del informe del Banco Mundial (Women, business, and the law: getting to equal), solo hay dieciocho países en el mundo que no impidan legalmente a la mujer el acceso a determinados trabajos. España es, afortunadamente, uno de ellos, pese a que la Ley de Igualdad, nacida hace ocho años con el propósito de que hoy el cuarenta por ciento de los sillones más nobles los ocupasen mujeres, no haya alcanzado sus objetivos.

De otro lado, naturalmente, mujeres y hombres difieren. El hecho diferencial en que consiste ser mujer o ser hombre lo discuten ya pocos científicos, y, que yo haya oído, nadie que tenga al menos algún hijo y alguna hija. Los puedes —los debes— educar igual, según las mismas reglas y los mismos valores, y, aun así, si compartes tu experiencia con otros padres constatarás que, junto a la personalidad distintiva de cada hijo, hay características subrepresentadas y sobrerrepresentadas en cada uno de los sexos. Hace ahora veintidós años que vio la luz un polémico libro (Los hombres son de Marte, las mujeres de Venus; nada menos que cincuenta millones de copias vendidas) en el que el psicólogo John Gray exponía que la mayoría de nuestros problemas al relacionarnos entre sexos derivan de que habitamos planetas distintos. No conozco a ningún psicólogo o antropólogo sensato que siga sosteniendo que las diferencias entre hombres y mujeres a la hora de afrontar la vida y sus quehaceres provengan exclusivamente del medio en el que se educan y viven, o de circunstancias históricas que, una vez superadas, harán que ambos sexos sean indistinguibles.

Lo anterior tiene sentido en términos sociológicos. Lo que atañe a Fulano o a Mengana no puede valorarse con una estadística o un estudio poblacional, por científico que sea. Es muy importante respetar los niveles de análisis: lo que ocurra en la empresa X o el departamento Z no puede enjuiciarse según estos criterios generales, porque el caso particular no es reconducible al veredicto sociológico. Hombres y mujeres concretos los hay sencillamente de todos los tipos, con todas las mezclas de talentos particulares imaginables. Y pese a ello, siempre habrá menos mujeres ingenieras, y menos hombres enfermeros. Existe una construcción social llamada género; pero también existe una realidad sexual diferencial que sobrepasa el mero dimorfismo.

¿Y las habilidades requeridas para dirigir bien? ¿Estarán ligadas a características sobrerrepresentadas en el hombre y subrepresentadas en la mujer, lo cual explicaría el desnivel existente en los altos cargos? Repasemos muy rápidamente: los grandes directivos saben delegar, son grandes comunicadores, conocen a las personas, son honestos, tienen una notable capacidad de trabajo, generan compromiso, son valientes y reflexivos, creativos y sobre todo respetuosos con la creatividad ajena, son emocionalmente maduros, tienen visión. No creo que se pueda sostener seriamente que este conjunto de competencias sea más frecuente entre ellos que entre ellas.

De hecho, cuando oteamos el lado oscuro, descubrimos que algunos de los peores defectos de un dirigente son más frecuentes entre los hombres. ¿Hubiera sido tan profunda la última gran crisis financiera de no estar anegados nuestros consejos de dirección de un exceso de testosterona? ¿No hay algo mayoritariamente —si bien, no exclusivamente— masculino en la codicia, en ciertas formas de prepotencia y exceso que han estado detrás de esta debacle? ¿No es el propio concepto de un crecimiento sin fin y sin mesura, por fanfarrón y poco razonable, menos femenino que masculino?

Junto al hecho de que las habilidades directivas, en su conjunto, no estén más al alcance de alguno de los sexos, hay que reconocer que existen, siempre en términos generales, diferencias entre los estilos directivos de unas y otros. De hecho, si no hubiera un hecho diferencial, no estaríamos perdiéndonos algo por obstaculizar que más mujeres manden. Sería solo una injusticia; y no es solo eso, también es un desperdicio. Hay inclinaciones y modos a los que son más propensas las mujeres, y bien que los estamos echando a faltar en nuestros Consejos de Administración.

Los que aun van de naíf (lo sean o finjan serlo), se encogen de hombros y afirman que en España nadie les niega el pan y la sal a las mujeres que quieren asumir responsabilidades corporativas. No hay consignas ni conciliábulos, dicen. Claro que no. No es así como funciona. Los mecanismos, aseadamente indetectables, son básicamente tres. Uno, puesto que la brecha salarial se mantiene, siempre les compensa menos a ellas asumir según qué retos a cambio de según qué retribuciones. Dos, el juego directivo tiene hechuras masculinas; se mantiene artificialmente inconciliable con la vida familiar. Y tres, se asume que un directivo nombra a otro sobre la base de una estrecha confianza. Y como entre machotes anda el juego (las afinidades, las aficiones, las conversaciones, los hábitos), hay menos mujeres o a veces ninguna que entre en las quinielas.

El cenagoso fondo en el que se cuece este maloliente potaje es el mismo al que no escapó Darwin: el de los prejuicios. Todo aquel que se haya relacionado laboralmente lo suficiente, incluso si se ha movido preferentemente por la gran empresa, habrá escuchado casi de todo a este respecto. La falta de ambición de las mujeres. Su incapacidad para rendir a según qué cotas, por no saber desconectar de las preocupaciones familiares. Su mermada agresividad, tan necesaria —se nos explica— en ambientes ultracompetitivos. Las mujeres de las que, por mostrar una excepcional disposición, se dice precisamente que «tienen un par». Etcétera.

Lo más reciente a lo que me vi expuesto fue una convencida —que no convincente— exposición de que los embarazos son la razón física e ineludible que explica por qué hay menos mujeres que hombres en puestos de responsabilidad. Si me entristeció especialmente fue porque pensaba que tamaña estupidez ya había sido despachada hace más de dos siglos.

Declaraba a finales del XVIII, Pierre-Gaspard Chaumette, que se oponía a que las mujeres gozasen de derechos políticos: «¿Desde cuándo les está permitido a las mujeres abjurar de su sexo y convertirse en hombres? […] ¿Acaso la naturaleza confió los cuidados domésticos a los hombres? ¿Nos ha dado pechos para amamantar a nuestros hijos?». Le dio cumplida respuesta el marqués de Condorcet, gran filósofo y pedagogo, de esta guisa: «¿Por qué unos seres expuestos a embarazos, indisposiciones pasajeras, no podrían ejercer derechos de los que nunca se pensó en privar a la gente que tiene gota en invierno o que se resfría fácilmente?».

La sola concepción de la maternidad como una enfermedad incapacitante es vomitiva. Pero además es del todo falsa: todo el que sepa algo de liderazgo conoce que esta es una carrera de largo recorrido, un afán que se fragua con coraje y con tiempo, algo a lo que la madurez contribuye decisivamente. Por lo tanto, ser madre no es un inconveniente, sino más bien una ventaja para aprender a gestionar. Como ocurre con ser padre, por cierto.

El debate entre Chaumette y Condorcet transcurría tras la toma de la Bastilla, después de que las mujeres se dejasen la vida en las calles junto a sus partenaires. Tras derramar su sangre juntos, la igualdad política les fue negada, según dijeron los revolucionarios, porque «el corazón lo quiere, pero la razón lo impide»; que es aproximadamente lo que me quisieron decir a mí un cuarto de siglo después. Queda, por lo tanto, muchísimo por hacer. Las ideas preconcebidas son muy resistentes, los clichés suelen ser propalados por seres muy tozudos, y en cuanto hace a las mentalidades, no ocurre lo que con la ciencia: no en todos los casos se va hacia delante. La regresión es siempre, lamentablemente, una posibilidad. Tenemos un ejemplo palpable en el irresistible ascenso del señor Trump.

En cuanto a las barreras manifiestas para la mujer, sienta bien saber que uno no vive precisamente en Arabia Saudí. También comprobar que aquí las mujeres pueden formarse tanto como deseen, cosa que de hecho hacen a tasas superiores al varón. Pero la oficialidad no cuenta ni mucho menos toda la historia. Duele verificar que las mujeres aún ganan un quinto menos haciendo los mismos trabajos, y que menos de una de cada cinco sillas de las Salas de Juntas de las empresas del Ibex 35 (y de las alcaldías) las ocupan las féminas. Hay que atacar las causas que provocan esta injusticia y este insensato desaprovechamiento. Pensar que este reparto del pastel refleja fielmente la distribución de talentos directivos es, sencillamente, un insulto a la inteligencia.