Cualquier publicación de ámbito empresarial que llega a nuestras manos hoy en día está repleta de guiños y alusiones a la necesidad de transformarse o de reinventarse. Se insiste en que estamos viviendo tiempos muy complejos, volátiles, ambiguos e inciertos y que, por lo tanto, la solución a la supervivencia de nuestros negocios pasa indefectiblemente por transformarse o reinventarse. En lo más alto del ranking aparece la Transformación Digital como un tótem al que le atribuimos el poder de curar todos nuestros males, pero le sigue de cerca la reinvención personal y/o profesional.

 

Bajo el mantra de salvación que nos ofrece la transformación o la reinvención, normalmente se esconde una realidad sencilla: si nos tenemos que transformar o reinventar es que ya vamos tarde. Ya nos ha cogido el toro, como quien dice. Bien por repentinos cambios en nuestro entorno, mercado o sector, o, mayoritariamente, porque no hemos hecho los deberes en su debido momento. De siempre, en cualquier etapa educativa, han existido los exámenes sorpresa, pero quienes llevaban un hábito continuo de estudio y estaban atentos en las clases tenían muchas más probabilidades de pasarlos, y con nota, que los que dejaban la preparación para el último momento.

 

El mundo cambia rápido, es cierto, y no pinta que vayamos a volver a la velocidad de antes. Sobre todo, cuando no está claro a qué «antes» nos referimos. ¿Antes de la crisis de 2008? ¿Antes de la COVID-19? Da la impresión de que vivimos un cambio de era donde el entorno será cambiante siempre y estaremos expuestos a continuos exámenes sorpresa, por lo que no nos queda otra que hacer nuestras tareas y llevar nuestros deberes al día si queremos tener más probabilidades de éxito.

 

Las empresas y las personas han de estar en continua evolución y adaptación y no pueden quedarse estancadas esperando a que un cambio externo las obligue a transformarse. Vemos un ejemplo de esto en Mercadona, que lleva tiempo cambiando procesos y remodelando las tiendas a pesar de estar en la cresta de la ola liderando su sector. Están evolucionando continuamente. El ejemplo contrario lo vemos en El Corte Inglés, que ha estado durante años más preocupado por luchas intestinas de poder que por el mercado y ahora está intentando transformarse. No le queda otra, pero va tarde y se le nota.

 

Poco antes de la irrupción de la pandemia en nuestras vidas, iba en un taxi y el conductor me sacó el tema de conversación de lo injusta que es la entrada de las empresas de VTC como Uber y Cabify en su sector, ya que les dañaba enormemente. Al no haber evolucionado, al sector del taxi le toca ahora transformarse. Ya van tarde y les hace ir con el paso cambiado. No obstante, le dije que su competencia más fuerte aún estaba por llegar y son los vehículos de conducción autónoma. Se quedo pensativo, y al poco, ojiplático, me dijo: «Yo tengo 56 años, a mi ya no me coge», tras lo cual volvió su atención a la carretera satisfecho de sentirse a salvo de esa disrupción. No entré a preguntarle que a quién tenía previsto venderle la licencia llegado el caso, para no sacarlo de su satisfacción ilusoria.

 

Pues igual pasa en multitud de empresas y negocios, que están preocupados de quién ocupa determinados sillones, cómo seguir fabricando como siempre, cómo ganar dinero a costa de lo que sea, menospreciando a sus trabajadores, clientes o proveedores y, en definitiva, dirigiendo con una miopía pasmosa. Oímos hablar sin descanso de sostenibilidad, cumplimiento normativo, retención del talento, huella de carbono, entorno digital, equipos multigeneracionales o globalización y aún hay empresas que piensan que esto no va con ellos. No están evolucionando y llegará el día en que tendrán que transformarse, cruzando los dedos de que no sea demasiado tarde.

 

Pero el cambio también es clave al nivel de las personas, en cuanto a cómo evolucionamos como profesionales, y es sorprendente la cantidad de trabajadores estancados que hay. No se trata de reinventarse, de que el carpintero se haga odontólogo al día siguiente, sino de evolucionar en tu profesión y prepararte para los cambios que, si o si, están por venir.

 

El otro día hablaba con el director de una sucursal bancaria de una de las entidades de referencia en España. Precisamente una entidad que está cerrando oficinas por cientos. Yo le preguntaba que cómo se estaba preparando para cuando le llegara el momento en que le invitarán amablemente a que se vaya a su casa. Su respuesta fue simple y triste a la vez: «Pues no lo sé, pero yo siempre he trabajado en banca y no me imagino haciendo otra cosa. Tengo 47 años y ya no tengo edad para cambiar». En este caso, el que se quedó ojiplático fui yo. A esta persona le llegará el momento en el que tendrá que reinventarse, sencillamente porque no ha sabido evolucionar.

 

A lo mejor estás pensando que no todo se puede prever, y tienes razón. Nadie hace un año y medio contemplaba en sus planes estratégicos o de inversión una pandemia como la que estamos viviendo. Lo que si sabíamos es que el entorno era muy cambiante y ya vimos en la crisis de 2008 que lo que empezó en EE.UU. terminó afectando al mundo entero. Se trata de ser un alumno aplicado, observador y cauto, y dedicar tiempo a pensar sobre lo que vendrá y lo que puede fallar y no solo a lo que tenemos hoy.

 

Y tú, ¿estás evolucionando o estás esperando a transformarte?