Vaya por delante que no pretendo, en modo alguno, desprestigiar a un conjunto entero de profesionales. Se trata además de un sector muy nutrido; el mundo, de un tiempo a esta parte, se ha superpoblado de coaches. Los hay de todos los colores: personales, ejecutivos, organizacionales, coercitivos (ha oído bien), ontológicos (¿cómo?), qué se yo. No obstante, me gustaría hacerle ver, querido lector, para que usted decida después qué es lo que más le conviene, lo que diferencia a un coach de un mentor.

Arranquemos entonces diciendo que cualquier persona con conocimiento experto, habilidades comunicativas, honestidad y una actitud de ayuda puede hacer aportaciones valiosas a cualquier persona o empresa que lo necesite, se haga llamar «coach» o como le plazca. Sobre esto hay poca discusión, porque todos hemos tenido ocasión de beneficiarnos de este raro tipo de personas que aúnan generosidad, conocimiento, experiencia y grandes cualidades. En los últimos tiempos, algunas de ellas han grabado en sus tarjetas de visitas el término «coach», sencillamente porque esta es una moda duradera y un título que el mercado ha abrazado con entusiasmo. Nada que objetar al respecto; lo que importa es sumar, no las denominaciones.

Mis sospechas tienen otros orígenes. La primera, que es juicioso poner en cuarentena todas las modas. Las modas son como las mareas, que traen preciosas conchas a la orilla y también basuras diversas. La segunda de mis suspicacias tiene que ver con la profundidad del saber que se le exige a un coach y con la calidad de su metodología. Una disciplina fundada sobre el suelo arenoso y científicamente trivial de la Programación Neurolingüística no es como para tomársela muy en serio. Me consta que no todos parten de ahí, pero son muchos los que sí y además está claramente en sus orígenes. Digámoslo sin tapujos: la PNL es a la psicología, la neurología y las humanidades lo que la astrología a la astronomía. Cotejar la psicología social y la economía conductual con la PNL es tan cruel como comparar la neurociencia y el tarot. La tercera desventaja del coaching es directamente proporcional a esta: el intrusismo. Precisamente por su indeterminada base, el coach suele inmiscuirse en campos que no le corresponden, como la terapia psicológica o la pedagogía. En cuarto lugar, hay «técnicas» de coaching tan pintorescas que desprestigian sin más el sector. Le invito a que se informe sobre el firewalking, por ejemplo; spoiler:  es exactamente eso, caminar sobre brasas ardientes «como una experiencia de vida con poder transformador».

La última de mis razones tiene que ver con la orientación profundamente distinta del coaching y el mentoring, que explica, a mi juicio, la distancia entre uno y otro enfoque en cuanto a su contribución personal y organizacional a la mejora. Nada de lo que a continuación diga es exclusivo de ninguna de las dos prácticas; pero sí es prioritario, y las prioridades son decisivas. El coaching se basa en aconsejar y persigue fijar y conseguir ciertos resultados; la mentoría ofrece guía y se centra en establecer una relación rica que haga crecer al mentorizado. El coach provee respuestas y destaca en la palabra; el mentor plantea las mejores preguntas y es un escuchador nato. Un coach trabaja tus capacidades y te lleva hasta la línea de meta, o al menos lo intenta; un mentor te abre los ojos (para que veas lo que se te escapa), te remonta a las fuentes y te acompaña hasta el meollo de lo que quieres y puedes ser. Para el coach lo que cuenta es el proyecto y su herramienta predilecta es el feedback; para un mentor lo más importante es el camino, y el arte que domina es el de la conversación.

Lo que sobresale personalmente en un coach y en un mentor también difiere. El primero suele despuntar en campos concretos y en habilidades interpersonales; el segundo tiene visión de conjunto, «sabe dónde está cada cosa» y es ante un lúcido integrador de saberes diversos. Un coach tendrá siempre preparada una solución para lo que le plantees; un mentor buscará el conocimiento experto allá donde esté, investigará y te ayudará a que la encuentres. Las sesiones de un coach suelen ser más estructuradas, pretendidamente metodológicas; a un mentor que se precie no le falta método, pero sabe de la complejidad de los asuntos y está dispuesto a sumergirse y salirse del guion cuando corresponda. Un coach, en definitiva, transmite sobre todo seguridad y control, ambición, que los objetivos son conseguibles, es directivo. A un mentor le preocupa más ser ese manantial de pensamiento crítico y creativo del que beberás, e inocular en ti o en tu organización un ánimo emprendedor y aventurero; ´quiere ser la mejor compañía posible en un itinerario de crecimiento.

El coach, en definitiva, es por definición y le pongan el apellido que le pongan, táctico, mientras que la mentoría es en esencia estratégica. El coach tiene objetivos que cumplir y su visión es a medio y corto plazo; en el largo plazo se mueve el mentor. Un coach te asiste para que consigas lo que ya sabes que quieres; un mentor es un experimentado compañero en tu viaje de transformación. No es igual asesorar que ofrecer una guía; no es lo mismo dar consejos que acompañar, como distinto es cambiar a alguien (suponiendo que eso pueda hacerse) a ofrecerle experiencias y casos prácticos y buenas preguntas para que alcance su mejor versión. Personalmente, no tengo duda alguna sobre cuál de las dos cosas prefiero hacer, para cuál me siento capacitado y para cuál no.

En la Odisea, Ulises encarga a su amigo Mentor que proteja su reino de Ítaca. «Mentor» significa en griego «el hombre que piensa». En la epopeya, Mentor es también una de las formas que adopta Atenea, hija de Zeus, diosa de la guerra y de la sabiduría y protectora de Telémaco, hijo de Ulises. En Las aventuras de Telémaco, Fénelon dibuja un Mentor que conduce con sabiduría al hijo de Ulises para que triunfe en sus numerosas aventuras. Fénelon escribió esta novela de formación con el encubierto fin de instruir en el gobierno a Luis XIV; desgraciadamente, el Rey Sol no se tomó a bien las lecciones, y lo desterró de la corte. El Mentor de Fénelon no exhorta ni da consejos, da ejemplo; debe su credibilidad a la autenticidad de su conducta y a la integridad de su experiencia.

Hay muchas formas de ser coach, y hay incluso quien piensa que es coach quien logra certificarse; pero solo hay una forma de ser mentor, y no hay certificados que valgan. De algún modo, y con las excepciones mencionadas, eso impregna el carácter y la práctica de uno y otro. He conocido algunos coaches verborreicos, pagados de sí mismos y demasiado parecidos a telepredicadores (aunque son los menos); sin embargo, por suerte o tal vez en consecuencia, no me encontré aún a mentores que no tuviesen por divisa la reflexión, la mirada larga y cierta contención.

En la Odisea, Mentor obtiene su legitimidad del hecho de haber servido en combate junto a Ulises. Y ese es el rasgo final que caracteriza al mentor: ha combatido en las mismas batallas que el mentorizado. Si lo necesita para su organización, tendrá que haber sido directivo, gestor, emprendedor (o mejor aún: las tres cosas); si lo requiere a título personal, tendrá que ser un maestro, es decir, lo opuesto a un gurú. Más allá de lo que ponga en su tarjeta de visita, exíjale a la mujer o al hombre que le asista precisamente eso: conocimiento práctico. Pídale que se desprenda de su elegante ropaje y le muestre las heridas de guerra que demuestren que luchando conoció la derrota y la victoria. Y asegúrese, como se aseguró Ulises con Mentor, de que luchó siempre con ejemplaridad.