Conocerán, con toda probabilidad, la famosa frase que el canciller Otto Von Bismark pronunció sobre España: «España es el país más fuerte del mundo: los españoles llevan siglos intentado destruirlo y no lo han conseguido». Verán también que es un testimonio de una cruda realidad actual. Esto se decía en el siglo XIX, pero es hoy día tan cierto como entonces. Seguimos en ello con todo nuestro ahínco. La clase política que padecemos y los medios de comunicación están en la misma línea. Fomentan el sentimiento de desamparo, de frustración y de rabia; el miedo y temor por el futuro llenan nuestras vidas, colonizando nuestras conversaciones y nuestros pensamientos.

No nos damos cuenta de que seguimos trabajando en esa dirección de destrucción. No encontramos nada fuera de nosotros que nos estimule y propicie a sentir y ver de otra forma. El título de este artículo es, a mi entender, la clave para revertir todo esto: «lo primero es antes», sí, antes de todo. Pero, ¿qué es lo primero?

Pues lo primero es ver la verdad. ¿Qué es la verdad? Estamos protestando, quejándonos y luchando contra algo que está aquí, contra una nueva incógnita que ha entrado en la ecuación de la vida. Quizás la verdad sea que debemos ver esta situación general como lo que es, un paso en la evolución, una nueva etapa. De ser así, sería una partida perdida a priori querer que no exista y protestar y quejarnos porque las cosas ya no son como eran.

Contamos con la inteligencia real suficiente para encontrar nuevas formas de vida. Tenemos el ingenio y la imaginación necesarios para hacerlo. Pero estamos tan ocupados en lamentarnos, desalentados por todo y por todos, que ni siquiera lo consideramos seriamente. Si conseguimos, y hablamos ahora en el contexto económico y empresarial, dejar de ver sólo el ego de triunfo o el fracaso, de la comparación, cada persona, cada empresa, cada autónomo, podrá dilucidar qué puede y debe hacer. Sin culpar a otros y sin esperar que la solución venga, milagrosamente, de afuera, en forma de subvenciones, dinero, suerte y muchas cosas más.

Sólo hace falta mirar, objetivamente, nuestra historia, para ver que siempre se sale adelante, que la muerte forma parte de la vida, sea como sea que se produzca, y que mientras estemos aquí es nuestra labor seguir combatiendo y ayudar a otros a hacerlo. No hablamos de «los mundos de Yupi» o de negar una realidad que es realmente difícil, sino de sentarnos y reconocer que la vida es un devenir, un vaivén continuo y que sólo nuestra arrogancia nos ha hecho creer que éramos los dueños de universo y de que éste se tiene que adaptar a nosotros. Es justamente al revés. Esta situación, y todas las que vengan en el futuro, es lo que es, un escenario donde lo único que podemos hacer es dar lo mejor de nosotros mismos, pensar en cómo revertirla y no creernos menos si fracasamos en la consecución de los planes que en el pasado nos fijamos.

Quizá podamos entrever que la solución está en dejar de ver la vida como un campo de lucha continua, de batalla por la supervivencia, y que es en nosotros mismos donde empieza y termina toda labor de poner toda la inteligencia a funcionar. Si algo nos distingue es nuestro ingenio y alegría. No los perdamos.