Las siete habilidades de la gente altamente efectiva. ¿Quién se ha llevado mi queso? La caja. La meta. Apuesto a que el lector de este artículo, si es que lleva algún tiempo dirigiendo o emprendiendo, ha leído alguno de estos libros, si no todos. En caso contrario, ¿dónde han ido a parar las millones de copias que se vendieron? Como también yo los he leído le voy a proponer un ejercicio distinto: reléalos ahora, a la luz de lo vivido todos estos años. Verá cómo, desagradable sorpresa, lo que un día le impresionó se le escapa entre los dedos como si fuera arena, tan poca es su chicha y tanta su inconsistencia. Seguirá encontrando enseñanzas, por supuesto; pero echará en falta muchas cosas.

 

Estamos maduros para algo distinto. También para saltar, de una vez por todas, de la gestión de recursos humanos a la dirección de los seres humanos. No, no se propone la enésima redenominación de lo mismo, sino un cambio de paradigma en que la administración de personal se produzca en su lugar natural (administración, finanzas) junto a la consideración de las personas en toda su complejidad y en su sinfín de oportunidades. ¿Qué diferencia hay entre un empleado, un colaborador externo, un trabajador temporal o, ya que estamos, entre estos y clientes y proveedores? Respuesta corta: ninguna. Respuesta razonada: hay que transformar esa filosofía en un modo diferente y mejor de actuar en el seno de las organizaciones.

 

El contenido de este saber práctico no es en absoluto esotérico. Hablamos de entender en toda su complejidad qué mueve a los seres humanos (motivaciones y emociones), de lo que ocurre en los grupos y las sociedades, de las bases neurológicas, interpersonales y sociales del cambio. Hablamos del dominio de la atención —el nuevo Santo Grial—, las comunicaciones, el riesgo, los procesos organizacionales. Nos referimos también a ese nuevo paradigma avanzado, la Economía Conductual, con sus múltiples ramificaciones, y al arte y la ciencia del liderazgo, al pensamiento crítico y a multitud de habilidades personales que pueden y deben enriquecerse con los aportes de la historia y la ciencia.

 

Necesitamos, a tal fin, un saber integral y de otra clase. Nos corresponde integrar el rigor de las ciencias sociales, la lucidez de las humanidades, la practicidad del management y la profundidad de la ética para la mejora de las personas y las organizaciones. Que nadie se asuste: puede hacerse. De hecho, en Strategyco ya lo estamos haciendo, al modo de los pioneros, aprovechando que las distintas instancias que abordan esos diferentes prismas —los investigadores sociales, la Academia, los pensadores de la gestión y los filósofos— no se hablan entre sí (y no tiene pinta de que pronto vayan a hacerlo). No es una excentricidad, adoptar este enfoque, sino pagar un tributo de seriedad a la que de hecho es la cuestión más compleja que, según nos consta, se produce en el universo: el comportamiento humano. Porque ese es el problema de los siete hábitos, las esotéricas metas y los quesos que desaparecen: su simplicidad monstruosa. Como decía el más socarrón de los plumillas, Heny L. Mencken, «siempre hay una solución bien sabida a cualquier problema humano, limpia, plausible y errónea».

 

¿Cómo es posible decirse economista, no digamos directivo, emprendedor o experto en marketing, sin un hondo conocimiento del comportamiento humano? ¿Tratan acaso, los mercados y las organizaciones, de otra cosa? «Sí, de tecnología», tal vez se nos diga. No es cierto. Por supuesto que la tecnología importa, en un mundo digital y pronto robotizado. Qué tontería despreciar ese conocimiento y no entender sus consecuencias, qué importante es contar con técnicos en esas materias. Pero, en última instancia, todo está en función del comportamiento humano, y a quien gestiona o emprende se le pide otra cosa. Internet poco tiene que ver, para quienes venden y compran, con servidores, cables y lenguajes de programación; la almendra del asunto está en nuestros cerebros. Por eso se habla, y es un pleonasmo, de neuromarketing, y por eso Black Mirror no es una serie sobre el futuro de la tecnología, sino sobre qué va a ocurrir con el comportamiento humano cuando abunden esos prodigios de la técnica.

 

Se entiende entonces que los GAFA se nutran de antropólogos y pesquen en las mejores School of Arts and Humanities, y que el triple grado PPE (Philosophy, Politics & Economics) se haya convertido en el programa estrella en los países anglosajones. La mezcla de ciencia, arte, filosofía y gestión es virtualmente imbatible. Porque además no es una suma, sino una fructífera interpolinización que nos acerca al requisito esencial para quienes emprenden y dirigen: conocer a las personas, que todo lo protagonizan. Como explica Juan Antonio Jáuregui en El ordenador emocional, existen leyes que rigen el comportamiento humano, aunque no se parezcan, en su fiabilidad y recurrencia, a la ley de la gravedad. La existencia de excepciones no hace que seamos del todo impredecibles, ni que el aprendizaje sobre lo humano sea una pérdida de tiempo, sino que, al contrario, alumbra la senda hacia una enorme ventaja competitiva para quienes se empeñen en ello. El mundo de hoy, y el de mañana, será de los expertos en lo humano.