¿Es la hora de la profesionalidad?

Hablemos de la profesionalidad. Apenas hemos puesto un pie en el agua de la «nueva normalidad» (ese execrable oxímoron) y ya notamos el agua gélida, y aterradores icebergs se dirigen a nuestro encuentro. Ha llegado el momento de comprobar la resistencia de nuestras pieles, la fuerza de nuestros músculos y la calidez de nuestros corazones: la COVID-19 ha dejado tiritando la economía mundial, y el tamaño de los desafíos a los que nos enfrentaremos no ofrecen lugar alguna a la duda ni a la tibieza de nuestras intenciones: tendremos que dar nuestra mejor medida para perdurar y prosperar.

Hay un traje de neopreno que, si bien no asegura la victoria final, abre la mejor de las perspectivas: la profesionalidad. Desatendida, ignorada por los gurús y los vendedores de libros de aeropuerto, lo cierto es que siempre ha estado aquí, entre nosotros, y que nunca hemos dejado de añorarla. Porque no es solo, y ni siquiera principalmente, el talento el que explica la salud y longevidad de las organizaciones que más respetamos, sino su concentración por metro cuadrado de profesionales.

Por supuesto, el talento es importante. Estamos aquí por eso: por la creatividad, la capacidad para resolver problemas, el empuje emprendedor y las excelencias técnicas. Es un gran recurso, además muy escaso; el talento es oro. La cuestión es: ¿Podemos hacer algo más, respecto al talento, que detectarlo, adquirirlo y tratar de no estropearlo? No lo creo. Por eso el talento es un concepto «no operativo» para quienes investigamos el factor humano y ponemos en práctica en las empresas lo investigado. En términos científicos, humanistas y de Management, es poco lo que podemos hacer con el talento.

La profesionalidad no es un valor ni una creencia

Por el contrario, la sobria y modesta profesionalidad es algo neto y perfectamente explicable: un haz de comportamientos, observables y medibles. La profesionalidad no es un valor (aunque alimente valores) ni una creencia (aunque se sustente en ellas y también las genere), sino una serie de conductas relacionadas con el ámbito laboral y comercial. La palabra griega para «conducta» es ethos, de ahí que la profesionalidad sea también una ética, esto es, una disposición moral. Que nadie se asuste: la propia Economía moderna es una disciplina que inauguró un filósofo moral, un tal Adam Smith. La concreción de esa ética es doble: el profesional es un ser que sirve, y un ciudadano que entiende que su inmediata, diaria y principal aportación a la polis es desempeñar honorablemente su oficio, sea este el que sea.

¿De qué comportamientos hablamos?

De saber estar, ser serio, respetar los usos establecidos y evitar tanto el paternalismo como el compadreo. En un ambiente ultratensionado y abrumado por las preocupaciones, la puntualidad, la cortesía y la capacidad para disfrutar de lo que se hace ya no son lujos, sino utensilios para superar otro día. Llamamos profesional, además, a quienes demuestran grandeza en la adversidad, superando casi todas las situaciones (que tampoco van a faltar). Los peores momentos trazan una línea en el suelo, dividiendo a los grupos humanos en dos grandes segmentos: los que cumplen —o ni eso—, y los que están comprometidos. Como explicaba Peter F. Drucker, hasta que no hay compromisos, tenemos solo promesas y esperanzas, pero no planes reales.

El profesional compite distinto

El profesional compite distinto. Es tenaz y meticuloso, y sabe lo que es el fair play. A todo el mundo que a su vez merezca la pena le gusta trabajar con gente así. Queremos remar al lado de las apasionadas y las serenas, de las grandes en la victoria y la derrota. Nos gustan quienes se levantan (las veces que haga falta), y quienes se orientan a los resultados, porque errores aparte —todos los tenemos—, es profesional quien consigue, y con la actitud no basta. Además, y como Chesterton decía, es verdaderamente grande quien consigue que todo el mundo alrededor se sienta grande; de ahí que añadiese que dar las gracias es la forma más elevada de pensamiento.

Cuanto más arrecian los problemas más buscamos a la gente que es capaz de dar la cara, de responsabilizarse. La autoridad hay que ganársela en este nuestro siglo, porque el de justicia es un sentimiento cada vez más invadeable en nuestras sociedades (afortunadamente). Esa justicia no está solo en el mando: es decisiva en el compañerismo. Ser compañero es tan grande que consiste en hacer cosas con quien a lo mejor no te gusta. Y estamos entrando en una era que, con todas sus incógnitas, exigirá con toda seguridad un enorme derroche de generosidad.

Una de las marcas de la profesionalidad es «tener principios»

Se llaman principios porque van antes de todo: tener palabra y ser leal, en el buen sentido. Con todo ello forjamos nuestra reputación, que es más incluso que la «marca profesional», porque es lo que somos de veras. La reputación nos precede, y con eso está dicho todo. Se nutre de las cosas que hacemos: de nuestro gusto por los detalles, saber comunicar, dar ejemplo. Somos nuestra reputación, esto es, nuestra profesión, e importa menos, a la larga, en dónde o para quién trabajemos. Para que el sistema funcione hemos de hacer nuestra parte: contribuir a la reputación ajena, gratitud mediante.

Buena parte de lo que le ha pasado a la profesionalidad en los últimos tiempos es fruto de una cultura individualista que se ha pasado de frenada. Estamos ante una ocasión singular para cambiar el foco, erróneamente concentrado en nosotros mismos (nuestro bienestar, nuestros deseos y nuestros supuestos talentos), para ponerlo en nuestro desempeño. Ese exceso de expectativas nos ha despistado del objetivo principal, que son los otros. Hay que luchar y soñar; pero luego, se haga lo que se haga, hay que ser digno.

Jonas Edward Salk —descubridor vacuna de la polio— explicaba que la recompensa del trabajo bien hecho es la oportunidad de hacer más trabajo bien hecho. Ahora que ya no podremos apelar a la felicidad, la realización personal, el cumplir los propios sueños y otra serie de cosas que, reales o edulcoradas, están muy por debajo de servir a los demás, ya sabemos cuál va a ser nuestro principal recurso en las organizaciones, y nuestra primordial responsabilidad a nivel individual. Iniciemos juntos una revolución para situar a la profesionalidad de nuevo en el lugar que nunca debió abandonar: el centro de la sociedad y los negocios. Esa es la tracción que necesitamos para volver por nuestros fueros, e incluso superar lo que en el mundo pre-COVID-19 —el mundo antiguo—hicimos.