José María Torralba acaba de publicar Una educación liberal. Elogio de los grandes libros, un estupendo texto que lanza un guante a las empresas que quiero recoger en este artículo.

Explica el autor que, en términos civiles y éticos, hemos equivocado el camino en la educación superior, escogiendo el primer término de esta serie de posibilidades enfrentadas:

  • Formar para el puesto o el oficio
  • Promover la especialización o la amplitud
  • Apostar por la empleabilidad o la profesionalización

 

El libro hace hincapié en cómo estas elecciones afectan a la «función existencial de la universidad», restando libertad y vida buena a la sociedad y los individuos, y cuánto bien nos haría escoger en cambio una educación liberal que hiciese justicia a la índole elevada y completa del hombre. Nos recuerda, en definitiva, que el ser humano solo se hace justicia cuando se educa «por» y no simplemente «para». Aquí sin embargo quiero ceñirme a mi rol de consultor, emprendedor, directivo y mentor en empresas para enfocarme en algo más prosaico pero igual de importante: cómo el descuido de esa educación liberal hace que tengamos peores empresas y profesionales.

Una educación liberal no es «un libro perdido en bellas ideas», sino que explica por qué tenemos peor innovación, dirección y emprendimiento de lo que está a nuestro alcance. Resulta que renunciar a los grandes libros para construir el carácter de los universitarios (no digamos antes), renunciar en definitiva a «escuchar la conversación entre las mejores mentes», está reduciendo considerablemente el stock de los profesionales de la empresa, sus recursos para mejor sus trabajo y los mercados. Y es que la formación no es solo una fuente de conocimientos, sino también de ideas. Las innovaciones logísticas, comerciales, financieras y de todo tipo que las empresas hoy necesitan no pueden permitirse el lujo de renunciar a esa conversación extraordinaria que está en Platón, Shakespeare o Cervantes. El mundo extremadamente complejo, global y veloz en el que toda organización de nuestro tiempo opera exige superar el «provincialismo intelectual» al que el autor se refiere.

En Amplitud (Range): Por qué los generalistas triunfan en un mundo especializado, David Epstein detalla las enormes ventajas que tiene poseer una robusta formación generalista: un camino profesional más profundo y un abordaje más creativo a los problemas que toda persona enfrenta en los distintos ámbitos de su vida. La especialización, explica Epstein, reduce nuestra capacidad de improvisación y nos aleja de fructíferas experimentaciones, mientras que la amplitud potencia nuestra capacidad mental, nuestro campo base para luego desarrollar una práctica, dotándonos de la complejidad sentimental e intelectiva que nos prepara para trabajar, emprender y dirigir a los más altos niveles.

Hay una segunda derivada en esto de haberse privado de las grandes obras del espíritu: nos hace ser demasiado dóciles al statu quo. Y puesto que hay muchas cosas en la empresa de hoy que no funcionan (porque siguen ancladas en el siglo xx, o en el xix), necesitamos rebeldes con causa y discernimiento, y ahí entran de nuevo los grandes libros. Hace ya dos decenios escribía David Brooks en The Atlantic (“The Organization Kid”) que los jóvenes que entraban en las organizaciones «rara vez cuestionan la autoridad, y aceptan alegremente sus posiciones en la cima del montón como parte del orden natural de la vida». Hoy día esa «adaptación instantánea» (¿resiliencia?) se ha acentuado; por eso necesitamos más que nunca una educación que «desencaje» a los estudiantes, porque un mundo increíblemente cambiante así lo exige. Alasdair MacIntyre da en la diana: las universidades deberían convertirse en lugares de «desacuerdo obligado». Menos gente «razonable» —léase «líquida»— y más gente con imaginación, coraje, contenido y principios: eso es lo que la empresa de nuestra era necesita.

Así pues, la propuesta de Torralba no solo tendría sentido en términos específicamente éticos y políticos: también empresariales. Apelando al «profundo poder transformador de la educación» (que parecemos haber olvidado), concreta esa propuesta en tres aspectos:

  • una «perspectiva sapiencial», que consiste en advertir que en ninguna parte (tampoco en Silicon Valley) puede obviarse la importancia de las grandes preguntas del ser humano, y que hay que confiar en que tienen respuestas;
  • el «desarrollo de la capacidad de juzgar», esto es, de hábitos filosóficos (reflexivos) y de un deseo de integridad intelectual; y
  • el «amor por la verdad», una pasión que admite que «el error está más cerca de la verdad que la indiferencia».

 

Cualquiera que trabaje en la innovación, la gestión de personas o la transformación digital sabe que estas complicadas labores exigen una gran capacidad para plantear preguntas, un poder conversacional extraordinario. En última instancia, se nos paga en el mundo empresarial para resolver problemas, y para ello solo contamos con nuestro pensamiento crítico, nuestra creatividad y nuestras habilidades sociales; y a todo ello contribuyen la lucidez (la sabiduría), la capacidad de juzgar y el amor por la verdad que una educación liberal nos provee.

La ética no es otra cosa que la respuesta —tras plantear excelentes preguntas— de qué hace que la vida sea buena. La economía es simplemente un subconjunto de la ética, centrada en la satisfacción de las necesidades humanas a partir de recursos finitos; y las empresas son solo piezas de ese proyecto. Los clásicos orbitan en sus bellas obras en torno al bien, de ahí que su presencia en los consejos de administración, encarnada en las personas que los componen, sea indispensable. La metodología de la educación mediante los grandes libros de Torralba tiene por triple objetivo enseñar a leer cuidadosamente, a escribir persuasivamente y a argumentar con rigor. ¿Qué profesional de la empresa puede privarse de eso? Cada vez que uno se expone a un buen argumento (y en los mejores libros hay cientos), crea y finalmente refuerza un patrón sobre cómo funcionan los buenos argumentos; aprende a detectarlos y a apreciar su belleza; esto es, aprende a pensar, y por lo tanto a emprender y dirigir. Por eso en cuanto al marketing, el liderazgo, los negocios digitales, la producción o la gestión de personas, aplica lo que Berlioz dijo: «Si terminas tu vida sin haber leído Hamlet, es como si la hubieras pasado dentro de una mina de carbón».